De Buenos Aires a La
Pampa.
Cuando se presenta una oportunidad uno analiza las
variables, evalúa las potenciales dificultades y ventajas y se toma una
decisión. La nuestra fue irnos a vivir a Catriló, La Pampa a un pueblo de 5000
habitantes. A 530 kms de Buenos Aires.
Sin lugar a dudas el 2011 fue un año intenso. El 19 de
septiembre, 2 días después de nuestro casamiento y 2 meses después del
casamiento de mi única hermana mujer, partimos con el baúl cargado, nuestro
perro y mucha alegría a empezar nuestra “nueva vida”.
Antes de emprender este viaje con Álvaro hablamos sobre los
sacrificios que implicaba irnos a vivir a un pueblo tan chiquito: alejarnos de
nuestra familia, los amigos, la ciudad, mi vida profesional. Hablamos de las
ventajas que tenía: la soledad, la tranquilidad, la seguridad, la experiencia.
Sabíamos que había días en los que íbamos a llorar y días en los que íbamos a
reir.
La convivencia, la casa, la independencia, todo era nuevo,
todo era alegría. Para fin de noviembre todo marchaba muy bien. Aunque debo confesar que a veces, salir de mi
casa y caminar por un pueblo en el que todos sabían quien eras y vos no
conocías a nadie era difícil. El 8 de diciembre partimos de luna de miel. Fue
espectacular. Pero los dos sabíamos que la vuelta iba a ser difícil. Ya no iba
a haber nada de corto plazo a lo que aspirar y nos íbamos a tener que ir
adaptando a la “rutina”.
Así fue como las cosas cotidianas de la vida empezaron a
surgir. Nos íbamos a tener que cambiar de casa, se nos rompió la heladera
(parece menor pero estar casi 3 meses de verano sin heladera no fue para nada
fácil), se nos rompió el auto y así tuvimos que aprender a enfrentar los
“problemas” que nos surgen todos los días.
Uno de los temas más complejos fue definir cuál era mi rol
en esta etapa. Cocinaba, limpiaba, ordenaba y me juntaba con mis amigas pero
sentía que no hacía “nada” y que mi YO había desaparecido y todo giraba entorno
a él. Como en todo matrimonio había días muy buenos, otros buenos y otros no
tanto.
Aunque nunca fui amantes de los perros, debo confesar que mi
perro “tano” fue una compañía importante. Que me persiguiera por toda la casa
mientras yo hacia mis quehaceres era una forma de no estar tan sola. Lo más
difícil de estar solo es el enfrentarse a uno mismo. Descubrir tus virtudes y tus
miserias. Aceptarme como soy, sin taparlo con el ruido y el trajín de la ciudad.
Y en ese momento podía elegir enfocarme en lo bueno y potenciarlo o indagar en
lo malo.
Fueron unos meses difíciles donde la clave fue
el diálogo y el tener un marido paciente, sincero, amigo. Para fines de marzo,
después de mucha paciencia y esfuerzo todo fue encaminándose. Nos mudamos a una
casa que nunca hubiésemos soñado con tener, recuperamos la heladera, nos instalamos
y empezamos a actuar como una familia. De a poco pude empezar a descubrir como
quiero desarrollar mi vida profesional acá, empecé nuevos proyectos que
involucran mi religión y mi vida social, empecé con una rutina deportiva con
amigas, y sigo cocinando, limpiando y ordenando. No fueron muchas las cosas que
cambiaron sino 1 la más importante: YO. Elegí ser feliz y hacer más feliz a mi
marido. Elegí adaptarme a la situación y
acompañarlo a él. Elegí ayudarlo a que seamos una familia Alegre. Con altibajos
como todos los matrimonios pero con la seguridad de que las distancias, la
soledad y los problemas cotidianos TIENEN SOLUCIÓN. Todavía quedan muchos
desafíos, pero por suerte, nos queda toda la vida para sortearlos. .jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario